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  Historia de Buyaka y Chuga
 
 

HISTORIA DE BUYAKA Y CHUGA


La naturaleza y los creadores siempre se han esforzado en conseguir la harmonía. Si un violento viento del norte destroza un árbol, entonces el sur dispersa el polen y las semillas que dan los brotes necesarios para los nuevos retoños. La conciencia y el ser universal está tan bien organizado que la muerte, tomando algo, abre el camino a la vida que aparece en el mundo. Esta es la ley del universo, del equilibrio universal que nadie puede violar. Incluso los demonios, los seres que no conocen el orden, se encuentran bajo el poder de esta simple ley que pasa a través de los siglos...

Chuga y Buyaka no eran demonios de un nivel superior, pero su llegada a Theo cambió muchas cosas. No acaban de salir de los límites de su mundo, de un mundo de espíritus tenebrosos, cuando ya mostraron su existencia a todo el mundo. Y esto se manifestó incluso en su nacimiento. Dicen que por su aparición están ligados al gran monstruo Varnaak, quien hace mucho tiempo habitaba en las desamparadas y tenebrosas rocas. Era un demonio feo y despiadado que absorbía a los malditos y a las almas extraviadas y condenadas a un sufrimiento eterno en su vientre ardiente. Los gemidos desesperados de los mártires confluían en el incesante ruido sordo que salía de la boca de Varnaak. Su crueldad y su odio no conocían iguales; actuaba con una fría indiferencia. De una gota de bilis y de energía negativa del demonio Varnaak apareció en el mundo Buyaka. Chuga ya había nacido de una luz nebulosa, saliendo inocentemente de las almas extraviadas que sufren. Dos reflejos del uno del otro, dos partes de un todo, Buyaka y Chuga tenían tanto de parecido como de distinto entre ellos. Nacieron al mismo tiempo, instantáneamente rompiendo el cascarón mágico blanco como la leche materna e informando a todo el mundo de los demonios de su llegada.

 

  

 

El primero era un sombrío y malvado demonio que poseía un carácter intranquilo y voraz. Recubierto de un denso pelo alquitranado y negro, resplandeciente por su libre existencia y alimento nutritivo: así era la pelota botante Buyaka. Pues a pesar de su oscura estupidez y glotonería desmedida, era lo suficientemente ágil y diestro. La cadena de dientes diminutos, pero lo suficientemente punzantes y resplandecientes en la boca eternamente abierta, como si se derramaran en una sonrisa, le daban una falsa y engañosamente divertida fisionomía que tenía algún parecido con aquellos juguetes de monstruos infantiles que fabrican los campesinos a partir de la piel de animales salvajes para sus inquietos hijos. Toda la vida de este repugnante demonio estaba centralizada en introducir cuanto antes mejor en su velluda panza la preciosa energía mágica extraída de otros seres. A veces la insensata criatura no calculaba sus malévolas fuerzas y, literalmente, roía por completo las entrañas de sus víctimas, reventando a continuación debido al atracón. Si se detenía a tiempo, lo que sucedía bastante pocas veces, Buyaka, saciado y satisfecho, se hundía en un breve sueño. 

El segundo demonio era su total contraste, lo cual molestaba lo indecible a su oscuro antípoda. Chuga era incluso exteriormente la personificación de su favorable existencia. Una pelusa blanca al aire cubría su cuerpecito pequeño de los pies a la cabeza, moviéndose a cada ligero soplo de aire, las orejas afiladas hacia arriba escuchaban curiosamente todo lo que sucedía y con sus inteligentes ojos miraba con interés todo lo que había tras de ellos. El demonio escrupuloso y provocativo parecía que era demasiado despreocupado y débil. Sin embargo, esta impresión era engañosa. El sonriente y un poquito impertinente Chuga poseía una fuerza pequeña, pero muy esencial y le era muy fácil arruinar los pérfidos planes de Buyaka. Como si jugase con la vida, se deleitaba con cada momento, obteniendo placer por sus demoníacas fuerzas. Chuga poseía la capacidad de despertar en cada ser todas las cualidades buenas que había en él. Ayudaba no sólo a despertar el cuerpo, sino también el espíritu, derramando una piedad vivificante a todos los cuerpos. Todo lo que había de bueno o dormitaba en aquel que estaba bajo su influjo, se manifestaba con una fuerza nueva abriéndose en toda su gama de colores y sentimientos. En ello perdía mucha energía la agradable creación, pero ésta era su predestinación y él gustosamente hacía cosas buenas, despertando el principio bondadoso que incluso había en los más miserables desesperados. Erizando un poco el delicado vello, miraba fijamente al objeto con sus grandes ojos sin fondo. Y de esta mirada un terror agradable corría por todo el cuerpo y calentaba la esperanza en los corazones. La risa del demonio era prácticamente insonora, pero las chispas de alegría contagiaban a todo su alrededor. .

 

 

    

 

 

La diferencia entre Chuga y Buyaka era tan obvia que no se podía no decir nada sobre su relación el uno con el otro. El pequeño glotón odiaba con todas sus fibras a su compañero velludo. No teniendo la posibilidad de destruirse el uno al otro, puesto que en el momento de nacer se les privó de la capacidad de utilizar la fuerza demoníaca el uno contra el otro, sólo podían pelearse por la asistencia de los seres sobre los cuales tenían influencia. Uno creaba el bien, el otro cometía maldades. El maléfico Buyaka no dejaba en paz a Chuga, eternamente esforzándose en hacerle enfadar, mientras que el sagaz Chuga constantemente se entrometía en los asuntos de Buyaka, destrozando sus planes. La oposición de los dos espíritus alcanzó su apogeo cuando pudieron acceder a un mundo completamente diferente, lleno de misterios y acontecimientos increíbles.

La primera aparición de Buyaka en el mundo Theo fue absolutamente casual. Los Señores del Mal durante mucho tiempo seguían la pista en la montaña a los demonólogos que eran capaces de invocar a los demonios del averno. Sin embargo, necesitaban ayuda para levantar el camino del mal. Puesto que uno de los novicios, un joven talentoso a pesar de su edad, junto con su compañero pudo descubrir el secreto del conjuro, en poco tiempo pudieron invocar a Buyaka. Este instante fue suficiente para la ruin cría para absorber toda la energía de uno de los novicios. ¡No les pudo ayudar ningún conjuro de defensa! El joven espantado no pudo hacer nada: pasmado de miedo, observó cómo la ligera bolita negra con inaudita facilidad absorbía el torrente potencial de las fuerzas interiores del joven que estaba a su lado. Una vez absorbida toda la energía, el ser castañeteaba y clavaba sus ojos en la siguiente víctima, pero en este mismo instante, cuando el novicio ya estaba preparado para despedirse de su vida, el demonio empezó a balancearse en el aire y estalló, salpicando al joven asustado hasta la muerte de un nauseabondo líquido gris. Su barriga hinchada hasta sus límites no la había soportado. Más tarde los Señores del Mal consiguieron arreglárselas para contactar con Buyaka, pero tampoco aquí pudieron pasar sin la ayuda de los demonólogos. Pudieron gobernar a los demonios sólo porque con su ayuda los portadores del daño oscuro aprendieron a utilizar al demonio pequeño en su propio provecho, usándole para tomar energía. Pero una vez que apareció un demonio, también Chuga estaba destinado a conocer el mundo Theo. El demonio blanco pronto entró en contacto con la Hermandad de la Virtud, recibiendo la posibilidad de encontrarse de nuevo al lado de su adversario secular. Necesitó de muy poco tiempo para apoderarse de la atención de los demonólogos. Los creadores del bien estaban sorprendidos viendo cómo el pequeño ser, recordando con su apariencia a una fierecilla rara, podía despertar el principio del bien en un violento zapatero que había decidido castigar a un obrero que había cometido una falta. Las buenas intenciones nacidas en los humanos y en los magmares con ayuda de la fuerza de Chuga ayudaban a hacer el bien. Pero aquí también surgieron algunos problemas. El nuevo mundo podía volverse en un juguete divertido en manos de los demonios, pero éste era más fuerte que los dos pequeños adversarios. Los humanos y los magmares buenos tenían un ayudante benévolo en la cara de Chuga, pero les aguardaba un peligro inmediato. Chuga no les defendía de Buyaka; él no era capaz de sobreponerse con la fuerza perniciosa del voraz demonio de la oscuridad, sino que les ayuda sólo a hallar un poder más grande. Por eso, encontrándose en potestad de los principios magnánimos y dándoles fuerzas complementarias, los guerreros pudieron caer en una situación desagradable, ocurriéndoseles quién se adaptaría a las acciones de las fuerzas oscuras: ¡el influjo de Buyaka se imponía de nuevo! Y aquí la naturaleza calculó lo necesario para ocuparse de la harmonía.  

 

 

 

 

 

La Hermandad de la Virtud y los Señores del Mal hallaron nuevas posibilidades de llegar a conocer todos los secretos que todavía tenían por delante. Buyaka y Chuga hallaron un nuevo mundo en el cual cada uno de ellos podía satisfacer sus necesidades inmediatas. Y así está escrito en los siglos: nunca lo negro se volverá blanco, ni lo blanco negro, así como tampoco la eterna lucha de los dos demonios, de las dos mitades de un único todo. 
 



 
 
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