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  Historia del Kreta Carnicero
 

HISTORIA DEL KRETA CARNICERO


En el gran mundo Faeo habitan una variedad de criaturas. La naturaleza ha repartido entre estas criaturas no sólo el hábitat en el que viven, sino que además les concedió a cada uno un aspecto excepcional. Cada uno de ellos tiene una función determinada por el destino y la voluntad de sus fuerzas creadoras. Nadie puede cambiar ese estado de las cosas. Algunas de ellas disfrutan despreocupadamente del pasto en los prados eternamente verdes, mientras que otras vagan por el mundo buscando a sus presas. Así fue todo en Faeo desde el principio de todos los tiempos… Sin embargo, a parte de las criaturas salvajes, los dioses han creado también a otras criaturas, dotados de la razón y empeñadas en enfrentarse continuamente a las leyes de ese mundo. A las dos razas poderosas les quemaba el odio, ya que cada una de ellas se consideraba la raza elegida a la que le fue concedida el derecho de dominar los bienes y la belleza del mundo Faeo. Estas razas, a menudo perdían la medida de su odio y tenacidad. No paraban de inventar métodos para fastidiar la vida de los adversarios y creaban tipos de armas cada vez más nuevos y más letales. Estaban dispuestos a abrir la puerta de lo desconocido, sin sospechar ni siquiera que detrás de ella podrían encontrar la muerte. Al olvidarse del peligro, y presumiendo de superioridad, tanto los humanos como los magmares intentaron ser más listos que la naturaleza misma. Sólo que ésta no perdonaba los errores. Los volvía en contra de los desgraciados que los habían cometido. En esos tiempos tan remotos, los guerreros kretas eran habitantes comunes del bosque.

 

El olor de la hojarasca en descomposición prevalecía sobre el olor de las huellas de un animal pequeño al que perseguía con perseverancia un kreta joven. El pelaje humedecido por el rocío de la mañana se acorazo, pero los ojos atentos y la nariz sensible no han defraudado a la bestia. Seguramente estaba recuperando el rastro entre cientos de olores que llenaban el bosque. Ese olor, tan dulce, significaba una comida cercana. El kreta ya se veía sumergiendo los dientes en el cuerpo de la presa, aliviando el hambre que le atormentaba. Un ruido. Un silbido silencioso. El kreta se quedó inmóvil y, después, volvió la cabeza al notar el peligro cercano. Un lazo resistente y estrecho se cerró en su cuello. Echó a correr, intentando liberarse del yugo, pero la cuerda le apretó aún más su delicada piel de color rosa cubierta por el pelaje. El animal emitió un aullido de miedo y ante sus ojos asustados aparecieron unas formas que olían a cuero y a algo extraño. A algo desconocido dentro del matorral…

 

En el campamento de entrenamiento se estaban preparando para las próximas pruebas. Todo el mundo estaba ocupado: los guerreros ataban cuerdas tensas a las pinzas metálicas, cavaban cunetas y hoyos. Algunos de ellos reponían las reservas de agua del río y cargaban con rocas pesadas. El kreta, atrapado durante el reconocimiento matutino, fue encerrado en el sótano. Se revolvía allí esperando su encuentro con un destino seguramente terrible e intentando encontrar una salida de la oscura cárcel. Era él, el que se iba a convertir en el protagonista de los próximos acontecimientos. Los kretas eran conocidos por su resistencia y fuerza. Eran capaces de sobrevivir sin alimentación durante muchos días y de vencer a los animales rapaces mucho más grandes y fuertes que ellos mismos. Un ejército de kretas entrenados podía ser de gran apoyo en las batallas. Esa fue la idea principal. Cada mañana, el desgraciado animal era sometido al entrenamiento y numerosos experimentos. Los ejercicios especiales tenían como objetivo convertir al kreta primitivo en un verdadero guerrero. Con los ejercicios, mejoraban no sólo sus habilidades de guerra, el dominio de las armas o táctica, pero también se desarrollaban sus habilidades mentales. Al principio, el kreta estaba estupefacto y lento, pero la larga formación, trajo sus frutos: después de muchas semanas, el animal recupero la seguridad en si mismo. Era capaz incluso de tomar simples decisiones. Los experimentos, el entrenamiento duro, la falta de alimentación y el constante agotamiento… El kreta aguantaba el dolor con dificultad, empezó a cambiar... Su conciencia que anteriormente se limitaba a una violencia sin sentido, ahora se transformó. Los primeros signos de agresión no saltaban a la vista, con el tiempo, sin embrago, se volvieron cada vez más visibles. Durante el entrenamiento, el animal irritado era capaz de quitar con su enorme garra el escudo del guerrero con el cual luchaba. Más de una vez, se echó encima del adversario con tanta fuerza que era muy difícil separarlo de él. Las enormes dosis de medicamentos y suero que le estaban suministrando al kreta, causaron otra desgracia. La idea de transformar la bestia primitiva en un guerrero razonable se ha hecho realidad. Pero, las capacidades mentales y la rabia del animal estaban fuera de control. Hasta ahora, los guerreros no apreciaban el animal, esperando que pase lo que pase seguirían ellos siendo más fuertes que el kreta, incluso si se le dota de la razón. Pero el objeto de los experimentos no podía esperar más. Sus ojos se cubrieron de sangre y la mente dominaron las ansias de matar… Hoy nadie se acuerda ya cómo el monstruo logro liberarse. Alrededor ocurrían cosas terribles, se escuchaba el crujido de los huesos rompiéndose, el lamento de agonía llenaba el aire y la sangre se impuso al color verde de la hierba. Los fragmentos de los cuerpos cubrieron el lugar de los entrenamientos recientes… El kreta ajustó las cuentas despiadadamente con sus creadores. No sólo borró de su mente los últimos días de entrenamientos, sino también destruyó por completo la arena misma. No tuvo clemencia con nadie. El campamento de entrenamiento se convirtió en una carnicería. El kreta carnicero – así lo llamaron. No era menos habilidoso, valiente ni entrenado en el arte de guerra que un guerrero experimentado, superando incluso a algunos en esta materia. Pero el ajuste de cuentas con sus maestros sólo fue un comienzo de un camino lleno de crueldad. Utilizó los conocimientos y las habilidades adquiridas para formar su propio ejército. Adquirió un don extraordinario de capacidad de convicción. Consiguió, por lo tanto, reunir un pequeño grupo que pronto se convirtió en una brigada. Esto le llevó muchos días de trabajo, pero lo que le incitaba no eran sólo las ansias de venganza. Además, quería transferir a los miembros de su tribu el conocimiento que él mismo había adquirido. Estaba dispuesto a llevarlos a la lucha. Metódicamente, formaba con paciencia a los representantes de su especie menos inteligentes, para convertirlos en guerreros como él, capaces de enfrentar al enemigo. El entrenamiento le costó muchísimo: los animales miedosos y no acostumbrados al trabajo en grupo no querían escuchar sus órdenes. Pero el kreta no se daba por vencido, sabía lo que sentía una criatura cuando alguien intentaba cambiarla en contra de su voluntad. En la cercanía del antiguo campamento, donde fue sometido a los experimentos, el kreta carnicero fundó una verdadera ciudad subterránea. Fue su guarida, su nueva casa. El carnicero disfrutaba de la libertad recuperada. Vivía con las ansias de venganza. Quería que los kretas se convirtieran en seres inteligentes. Parecía como si alguien hubiera estampado en su mente una maldición. Lo transformaron en un monstruo. Ahora decidió «darles las gracias» a sus creadores, dirigiendo contra ellos toda la fuerza de los kretas guerreros recién formados. Este objetivo se convirtió en la obra de su vida y en su meta final. El guerrero carnicero borró de su mente los días cuando era un animal normal y corriente. Ahora era un guerrero que pensaba ajustar las cuentas con sus verdugos sin mostrarles ningún signo de piedad. Su ejército cobraba fuerzas, a la vez que el nombre del kreta se iba convirtiendo en la personificación de la crueldad…

 



 
 
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